Herman Melville

Quizás tampoco deje de percibirse, con el tiempo, que tras esas formas y usos, por así decirlo, a veces se enmascaraba; utilizándolos incidentalmente para fines más privados que los que legítimamente pretendían. Ese cierto sultanismo de su mente, que de otro modo había permanecido en gran medida latente, se encarnó, a través de esas formas, en una dictadura irresistible. Porque, sea cual sea la superioridad intelectual de un hombre, jamás podrá asumir la supremacía práctica y disponible sobre los demás sin la ayuda de algún tipo de artimañas y artimañas externas, siempre, en sí mismas, más o menos insignificantes y viles. Esto es lo que mantiene para siempre a los verdaderos príncipes del Imperio de Dios alejados de las urnas del mundo; y deja los más altos honores que este aire puede ofrecer a aquellos hombres que se hacen famosos más por su infinita inferioridad ante el selecto y oculto puñado de lo Divino Inerte, que por su indudable superioridad sobre el nivel muerto de la masa. En estas pequeñas cosas se esconde una virtud tan grande cuando las supersticiones políticas extremas las envuelven, que en algunos casos reales incluso han conferido poder a la imbecilidad más absoluta. Pero cuando, como en el caso del zar Nicolás, la corona anillada del imperio geográfico rodea un cerebro imperial, entonces las masas plebeyas se postran humilladas ante la tremenda centralización. Ni el dramaturgo trágico que pretenda retratar la indomabilidad mortal en toda su amplitud y ímpetu olvidará jamás un detalle, tan importante en su arte, como el que ahora se menciona.
– Herman Melville –


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Quizás tampoco deje de percibirse, con el tiempo, que tras esas formas y usos, por así decirlo, a veces se enmascaraba; utilizándolos incidentalmente para fines más privados que los que legítimamente pretendían. Ese cierto sultanismo de su mente, que de otro modo había permanecido en gran medida latente, se encarnó, a través de esas formas, en una dictadura irresistible. Porque, sea cual sea la superioridad intelectual de un hombre, jamás podrá asumir la supremacía práctica y disponible sobre los demás sin la ayuda de algún tipo de artimañas y artimañas externas, siempre, en sí mismas, más o menos insignificantes y viles. Esto es lo que mantiene para siempre a los verdaderos príncipes del Imperio de Dios alejados de las urnas del mundo; y deja los más altos honores que este aire puede ofrecer a aquellos hombres que se hacen famosos más por su infinita inferioridad ante el selecto y oculto puñado de lo Divino Inerte, que por su indudable superioridad sobre el nivel muerto de la masa. En estas pequeñas cosas se esconde una virtud tan grande cuando las supersticiones políticas extremas las envuelven, que en algunos casos reales incluso han conferido poder a la imbecilidad más absoluta. Pero cuando, como en el caso del zar Nicolás, la corona anillada del imperio geográfico rodea un cerebro imperial, entonces las masas plebeyas se postran humilladas ante la tremenda centralización. Ni el dramaturgo trágico que pretenda retratar la indomabilidad mortal en toda su amplitud y ímpetu olvidará jamás un detalle, tan importante en su arte, como el que ahora se menciona.

Moby Dick o La ballena


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Herman Melville


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