
través de la puerta al final del pasillo, Bushrod pudo ver la luz del día. Gris y sombría, pero luz del día al fin y al cabo. A lo largo de los años, Bushrod había visto amanecer en muchos campos, después de muchas duras batallas, y siempre era un momento sagrado para él: prueba de que el universo seguía intacto a pesar de la sangre en el suelo, de las huestes de los Difuntos que comenzaban su primer día en la eternidad, de los caballos muertos, los carros de artillería destrozados y el equipo disperso; a pesar de la ruina panorámica del campo de batalla, tan brutal y grotesca que era un milagro que Dios no la hubiera sepultado en la oscuridad para siempre; y con ella, a los culpables que salían de sus escondites o de sus rígidas mantas y miraban a su alrededor con asombro lo que habían hecho. Pero Dios nunca lo sepultaría. Siempre parecía querer empezar de nuevo, ya fuera por ira o por compasión, Bushrod no lo sabría decir. Y ahora amanecía otro día, después de otra gran batalla, y una vez más Dios le había permitido a Bushrod Carter vivir.
La flor negra: Una novela de la Guerra Civil

Howard Bahr
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