
Era un músico de la mejor naturaleza, con dedos que parecían cuerdas de guitarra y labios suaves como flautas que podían apretarse en la bolsa de una trompeta. Cada movimiento era perfecto, cada respiración llena de propósito. Ya fuera con los ojos cerrados o abiertos, sus ojos rezumaban ambición y su cuerpo ardía con una pasión caótica. Yo era su instrumento y él me tocaba tan bien. Sus dedos creaban una melodía de éxtasis mientras sus labios sentían los estremecimientos de mi piel. Me robó el aliento y lo hizo suyo, usando mis labios para crear su canción culminante. Una sinfonía de electricidad y dicha orgásmica, me tocaba tan bien que sus dedos nunca fallaban. Semicírculos y ganchos con mis labios entreabiertos como su altavoz, nunca conocí a otro músico tan implacablemente ansioso. Para terminar su canción, para dar con cada nota, alargando la melodía de cada sonido desde lo más profundo de mi garganta. Era ambicioso, me ponía a prueba, destrozaba mis reservas y destruía mis límites; todo lo que podía hacer era entrar y salir, con los oídos zumbando por la balada que me habían obligado a componer.

Hubert Martin
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