
Para escapar de los horrores de la tierra y el mar, Dédalo e Ícaro fueron libres por unos instantes. Aunque el sol era la perdición de Ícaro, siempre recordaríamos su nombre. Porque sintió el calor del sol, una lección que Dédalo jamás aprendería. Al encontrar el cadáver de su hijo y contemplar su rostro, vio una sonrisa grabada en su memoria. Continuó su vida preguntándose qué habría visto su hijo, esperando que valiera la pena, pues su sonrisa muerta era tan serena. El sol siempre parecía burlarse de él después, brillando, resplandeciente, con una risa cegadora. Dédalo se marchitó y quedó atormentado por la luz, prefiriendo el aire del mar en la oscuridad de la noche. Observaba a las aves lunares remontar el vuelo entre las estrellas y alejarse, lamentando eternamente su decisión de volar durante el día. Había perdido a su hijo a manos del sol en un giro del destino, y se preguntaba, con toda honestidad, cuál de los dos había escapado realmente aquel día.

Hubert Martin
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