
Este experimento resulta exitoso, como se esperaba, y promete a la metafísica, en su primera parte, que trata de los conceptos a priori a los que se pueden dar los objetos correspondientes en la experiencia, el rumbo seguro de una ciencia. Pues, al cambiar así nuestro punto de vista, se puede explicar la posibilidad del conocimiento a priori y, aún más, se pueden proporcionar pruebas satisfactorias a las leyes que, a priori, subyacen a la naturaleza, como suma total de los objetos de la experiencia, ninguna de las cuales era posible con el procedimiento adoptado hasta ahora. Pero de esta deducción de nuestra facultad de conocer a priori, tal como se presenta en la primera parte de la metafísica, surge un resultado algo sorprendente, aparentemente muy perjudicial para el propósito de la metafísica que debe tratarse en su segunda parte, a saber, la imposibilidad de usar esta facultad para trascender los límites de la experiencia posible, que es precisamente la preocupación más esencial de la ciencia metafísica. Pero aquí tenemos precisamente el experimento que, al refutar lo contrario, establece la verdad de la primera estimación de nuestro conocimiento racional *a priori*, a saber, que se dirige solo a las apariencias y debe dejar la cosa en sí como real para sí misma pero desconocida para nosotros. Porque aquello que necesariamente nos impulsa a ir más allá de los límites de la experiencia y de todas las apariencias es lo *incondicionado*, que la razón exige legítima y necesariamente, aparte de todo lo condicionado, en todas las cosas en sí mismas, para que se complete la serie de condiciones. Si, entonces, encontramos que, bajo el supuesto de que nuestro conocimiento empírico se ajusta a los objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado *no puede pensarse sin contradicción*, mientras que bajo el supuesto de que nuestra representación de las cosas tal como se nos dan no se ajusta a ellas como cosas en sí mismas, sino, por el contrario, que estos objetos como apariencia se ajustan a nuestro modo de representación, entonces *la contradicción desaparece*; y si encontramos, por lo tanto, que lo incondicionado no puede encontrarse en las cosas en la medida en que las conocemos (en la medida en que nos son dadas), sino solo en las cosas en la medida en que no las conocemos, es decir, en la medida en que son cosas en sí mismas; entonces se hace evidente que lo que al principio asumimos solo en aras de la experimentación está bien fundado. Sin embargo, dado que la razón especulativa no puede progresar en el campo de lo suprasensible, todavía podemos investigar si en el conocimiento práctico de la razón no se pueden encontrar datos que nos permitan determinar ese concepto racional trascendente de lo incondicionado, de modo que nos permita, de acuerdo con el deseo de la metafísica, ir más allá de los límites de toda experiencia posible con nuestro conocimiento *a priori*, lo cual es posible solo en asuntos prácticos. Dentro de tal procedimiento, la razón especulativa siempre ha creado al menos un espacio para tal expansión, incluso si tiene que dejarlo vacío; Sin embargo, tenemos la libertad, de hecho estamos llamados, a llenarla, si podemos hacerlo, con datos prácticos de la razón. —De la Crítica de la razón pura. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con una introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, págs. 19-21.

Immanuel Kant
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