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Immanuel Kant

Se verá cómo puede surgir la idea de una ciencia especial, la *crítica de la razón pura*, como podría llamarse. Pues la razón es la facultad que proporciona los *principios* del conocimiento *a priori*. La razón pura, por lo tanto, es aquella que contiene los principios del conocimiento completamente *a priori*. Un *organon* de la razón pura sería la suma total de los principios mediante los cuales se puede adquirir y establecer todo conocimiento *a priori* puro. La aplicación exhaustiva de dicho organon nos daría un sistema de razón pura. Pero como esta sería una tarea difícil, y como actualmente aún se duda de si es posible una expansión de nuestro conocimiento en este ámbito, podemos considerar una ciencia que simplemente juzgue la razón pura, sus fuentes y límites, como la *propedéutica* del sistema de razón pura. En general, debería llamarse simplemente *crítica*, no *doctrina* de la razón pura. Su utilidad, en lo que respecta a la especulación, sería únicamente negativa, pues serviría para purgar, en lugar de expandir, nuestra razón, y, lo cual, después de todo, representa una ventaja considerable, la protegería de errores. Llamo *trascendental* todo conocimiento que no se ocupa tanto de los objetos como de nuestra manera de conocerlos, en la medida en que esta manera sea posible *a priori*. Un sistema de tales conceptos se denominaría *filosofía trascendental*. Pero esto, como punto de partida, sigue siendo una empresa demasiado ambiciosa. Dado que dicha ciencia debe contener completamente tanto el conocimiento *a priori* analítico como el sintético, resulta, en lo que respecta a nuestro propósito actual, demasiado amplia. Nos conformaremos con llevar el análisis solo hasta donde sea indispensable para comprender en toda su extensión los principios de la síntesis *a priori*, que son los únicos que nos interesan. Esta investigación, que propiamente hablando debería llamarse simplemente crítica trascendental y no doctrina, es todo lo que nos ocupa en este momento. No pretende expandir nuestro conocimiento, sino corregirlo y convertirse en la piedra de toque del valor, o la falta de valor, de todo conocimiento a priori. Tal crítica constituye, por tanto, la preparación, en la medida de lo posible, para un nuevo organon o, si esto no fuera posible, al menos para un canon, según el cual, posteriormente, el sistema completo de una filosofía de la razón pura, ya sea como una expansión o simplemente como una limitación de su conocimiento, pueda desarrollarse tanto analítica como sintéticamente. Que tal sistema sea posible, e incluso que no tenga por qué ser tan exhaustivo como para privarnos de la esperanza de completarlo, se deduce ya del hecho de que no tendría que tratar sobre la naturaleza de las cosas, que es inagotable, sino sobre el entendimiento que emite juicios sobre la naturaleza de las cosas, y sobre este entendimiento, a su vez, solo en lo que respecta a su conocimiento a priori. El suministro de este conocimiento *a priori* no puede ocultarse, ya que no necesitamos buscarlo fuera del entendimiento, y podemos suponer que este suministro es suficientemente pequeño como para registrarlo por completo, juzgar su valor o falta de valor y valorarlo correctamente. Menos aún debemos esperar aquí una crítica de los libros y sistemas de la razón pura, sino solo la crítica de la facultad de la razón pura en sí misma. Solo cuando poseemos esta crítica tenemos un criterio fiable para estimar el valor filosófico de las obras antiguas y nuevas sobre este tema. De lo contrario, un historiador y juez inexperto no hace más que emitir juicios sobre las afirmaciones infundadas de otros mediante las suyas propias, que son igualmente infundadas.
– Immanuel Kant –

Immanuel Kant

El propósito de esta crítica de la razón especulativa pura consiste en el intento de cambiar el antiguo procedimiento de la metafísica y de provocar una revolución completa siguiendo el ejemplo de los geómetras e investigadores de la naturaleza. Esta crítica es un tratado sobre el método, no un sistema de la ciencia en sí misma; pero, sin embargo, traza todo el plan de esta ciencia, tanto en lo que respecta a sus límites como a su organización interna. Pues es peculiar de la razón especulativa pura que sea capaz, e incluso obligada, a medir sus propias capacidades según las diferentes maneras en que elige sus objetos de pensamiento, y a enumerar exhaustivamente las diferentes maneras de elegir sus problemas, trazando así un esquema completo de un sistema metafísico. Esto se debe a que, con respecto al primer punto, nada puede atribuirse a los objetos en el conocimiento *a priori*, excepto lo que el sujeto pensante toma de sí mismo; En cuanto al segundo punto, la razón pura, en lo que respecta a sus principios de conocimiento, forma una unidad separada e independiente, en la que, como en un organismo organizado, cada miembro existe en función de todos los demás, y todos los demás existen en función del primero, de modo que ningún principio puede aplicarse con seguridad en una sola relación a menos que haya sido examinado cuidadosamente en todas sus relaciones con el uso general de la razón pura. De ahí también que la metafísica tenga esta singular ventaja, una ventaja que no puede compartir ninguna otra ciencia racional que se ocupe de objetos (pues la lógica se ocupa únicamente de la forma del pensamiento en general), que si mediante esta crítica se la ha encaminado por el rumbo seguro de una ciencia, puede abarcar exhaustivamente todo el campo del conocimiento que le concierne, y así puede concluir su obra y legarla a la posteridad como un capital al que nunca se podrá añadir nada, porque solo tiene que ocuparse de principios y de las limitaciones de su uso, determinadas por estos mismos principios. Y esta exhaustividad se convierte, en efecto, en una obligación si la metafísica ha de ser una ciencia fundamental, de la que debemos poder decir: *nil actum reputants, si quid superesset agendum* [pensar que nada se hizo mientras quedaba algo por hacer]. —de _Crítica de la razón pura_. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, pp. 21-22
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