
Un experimento similar puede intentarse en metafísica con respecto a la *intuición* de los objetos. Si la intuición tuviera que ajustarse a la constitución de los objetos, no entendería cómo podríamos conocer algo de ellos *a priori*; pero si el objeto (como objeto de los sentidos) se ajustara a la constitución de nuestra facultad de intuición, bien podría concebir tal posibilidad. Sin embargo, como no puedo descansar en estas intuiciones si han de convertirse en conocimiento, sino que tengo que referirme a ellas como representaciones, a algo como su objeto, y debo determinar este objeto a través de ellas, puedo suponer o bien que los *conceptos* a través de los cuales llego a esta determinación también se ajustan al objeto, y volvería a estar tan perplejo sobre cómo puedo conocer algo de él *a priori*; o bien que los objetos, o lo que es lo mismo, la *experiencia* en la que solo se conocen (como objetos que nos son dados), se ajustan a esos conceptos. En este último caso, reconozco una solución más sencilla porque la experiencia misma es un tipo de conocimiento que requiere comprensión; Y este entendimiento tiene sus reglas, que debo presuponer como existentes en mí incluso antes de que los objetos me sean dados, y por lo tanto, *a priori*. Estas reglas se expresan en conceptos *a priori* a los que todos los objetos de la experiencia deben necesariamente ajustarse, y con los que deben concordar. Con respecto a los objetos, en la medida en que se piensan únicamente a través de la razón y se piensan, de hecho, como necesarios, y que nunca pueden, al menos no de la manera en que la razón los piensa, darse en la experiencia, los intentos de pensarlos (porque deben admitir ser pensados) constituirán posteriormente una excelente piedra de toque de lo que estamos adoptando como nuestro nuevo método de pensamiento, a saber, que conocemos de las cosas *a priori* solo aquello que nosotros mismos les atribuimos. —de _Crítica de la razón pura_. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con una introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, pp. 18-19.

Immanuel Kant
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