
Hemos visto, pues, que ni siquiera me está permitido *asumir*, en aras del necesario uso práctico de mi razón, *Dios, libertad, inmortalidad*, a menos que al mismo tiempo *prive* a la razón especulativa de sus pretensiones de conocimiento trascendente. La razón, es decir, para llegar a estos, debe emplear principios que se extienden solo a objetos de experiencia posible, y que, si a pesar de ello se aplican también a lo que no puede ser objeto de experiencia, en realidad siempre lo transforman en una apariencia, haciendo así imposible toda *expansión* práctica de la razón pura. Por lo tanto, tuve que suspender el *conocimiento* para dar cabida a la *creencia*. «Porque el dogmatismo de la metafísica, sin una crítica previa de la razón pura, es la fuente de toda la incredulidad que se opone a la moral y que siempre es muy dogmática.» —de _Crítica de la razón pura_. Prefacio a la segunda edición. Traducido, editado y con introducción de Marcus Weigelt, basado en la traducción de Max Müller, pp. 25-26.

Immanuel Kant
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