
Creía que para conocer un desierto bastaba con haber estado allí. Creía que haber visto morir a los perros en el camino de Cholula, o haber visto los ojos de los leprosos en Chiengmai, me daba derecho a hablar de ello. ¡Haber visto! ¡Haber estado allí! ¡Tonterías! El mundo no es un libro, no prueba nada. Los espacios que uno ha cruzado eran oscuros pasillos con puertas cerradas. Los rostros de las mujeres a las que uno se entregó por completo: ¿hablaban por alguien más que por sí mismas? Las ciudades del hombre son secretas. Uno camina por sus calles, las ve brillar bajo sus pies, pero uno no está allí, uno nunca entra en ellas. Los campos polvorientos habitados por gente hambrienta, que espera pacientemente, son paraísos de lujo y sustento; brillan a una gran distancia de la inteligencia, a una gran distancia de la razón. No deben ser subyugados.
El libro de los vuelos

Jean-Marie G. Le Clézio
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