
El amor, se dio cuenta, era como las dagas que forjaba en su fragua: cuando la conseguías, era brillante y nueva, y la hoja relucía a la luz. Al sostenerla contra la palma de la mano, te llenabas de optimismo por cómo sería en el campo, y no podías esperar a probarla. Excepto que esas primeras noches fuera solían ser incómodas mientras te acostumbrabas a ella y ella se acostumbraba a ti. Con el tiempo, el acero perdía su brillo nuevo, la empuñadura se manchaba, y tal vez la arañabas un par de veces. Sin embargo, lo que obtenías a cambio te salvaba la vida: una vez que ambos se conocían bien, se convertía en una parte tan inseparable de ti que era una extensión de tu propio brazo. Te protegía y te daba un medio para proteger a tus hermanos; te proporcionaba la confianza y el poder para afrontar lo que surgiera en la noche; y dondequiera que fueras, permanecía contigo, justo sobre tu corazón, siempre ahí cuando la necesitabas. Sin embargo, tenías que mantener la hoja en alto. Y vuelve a envolver la empuñadura de vez en cuando. Y revisa dos veces el w
Amante desatado

JR Ward
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