
Ahora solo quedaba una esperanza: la gracia soberana de Dios. Dios tendría que transformar mi corazón para que hiciera lo que un corazón no puede hacer por sí mismo: desear lo que debería desear. Solo Dios puede hacer que un corazón depravado lo desee. Una vez, cuando los discípulos de Jesús se preguntaron acerca de la salvación de un hombre que deseaba el dinero más que a Dios, él les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios. Porque para Dios todo es posible» (Marcos 10:27). Perseguir lo que deseamos es posible. Es fácil. Es una libertad placentera. Pero la única libertad que perdura es perseguir lo que deseamos cuando deseamos lo que deberíamos. Y es devastador descubrir que no lo deseamos, ni podemos.
Cuando no deseo a Dios: Cómo luchar por la alegría

Juan Piper
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