
La doctrina de la creación que profesan las religiones abrahámicas fomenta la expectativa de un orden profundo en el mundo, reflejo de la Mente y el Propósito del Creador. Afirma, además, que el carácter de este orden ha sido libremente elegido por Dios, ya que no fue determinado de antemano por un plan preexistente (como suponía, por ejemplo, el pensamiento platónico). En consecuencia, la naturaleza del orden cósmico no puede descubrirse simplemente mediante el pensamiento, como si los seres humanos pudieran explorar un reino noético de restricciones racionales al que el Creador se hubiera sometido, sino que el patrón del mundo debe discernirse a través de las observaciones y experimentos necesarios para determinar la forma que ha adoptado la elección divina. Por lo tanto, para que la ciencia prospere, se requiere la unión de la expresión matemática del orden con la investigación empírica de las propiedades reales de la naturaleza, una síntesis metodológica que Galileo impulsó con gran habilidad y fructífera eficacia.
Física cuántica y teología: un parentesco inesperado

Juan Polkinghorne
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