
El arte pertenece a todos y a nadie. El arte pertenece a todo tiempo y a ningún tiempo. El arte pertenece a quienes lo crean y a quienes lo disfrutan. El arte ya no pertenece al Pueblo ni al Partido, como tampoco perteneció en su día a la aristocracia ni al mecenas. El arte es el susurro de la historia; audible por encima del ruido del tiempo. El arte no existe por el arte mismo: existe por el bien de la gente. ¿Pero qué gente, y quién la define? Siempre consideró su propio arte como antiaristocrático. ¿Acaso escribió, como sostenían sus detractores, para una élite burguesa cosmopolita? No. ¿Acaso escribió, como querían sus detractores, para el minero del Donbass cansado de su jornada y necesitado de un estímulo reconfortante? No. Escribió música para todos y para nadie. Escribió música para quienes mejor la apreciaban, independientemente de su origen social. Escribió música para los oídos que podían oír. Y comprendió, por lo tanto, que todas las definiciones verdaderas de arte son circulares, y que todas las definiciones falsas de arte le atribuyen una función específica.
El ruido del tiempo

Julian Barnes
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