
Era un sendero fosilizado: la voluntad que había abierto esa grieta en esos lugares solitarios para que la sangre y la savia fluyeran allí hacía mucho que había muerto, y también habían muerto las circunstancias que la habían guiado. Quedaba una cicatriz blanquecina y endurecida, erosionada gradualmente por la tierra como una carne que se cura a sí misma, pero su dirección aún se vislumbraba vagamente en el horizonte; un lenguaje y un signo crepuscular más que un camino a seguir, una línea de vida desgastada que aún se extendía por la tierra en barbecho como en la palma de la mano. Era tan antiguo que, desde su construcción, la configuración misma del terreno debía de haber cambiado imperceptiblemente.

Julien Gracq
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