
Todos los escritores europeos son «esclavos de su bautismo», parafraseando a Rimbaud; les guste o no, su escritura carga con el peso de una tradición inmensa y casi sobrecogedora; la aceptan o luchan contra ella, los habita, es su familiar y su súcubo. ¿Para qué escribir si, en cierto modo, ya se ha dicho todo? Gide observó con sarcasmo que, puesto que nadie escuchó, hay que volver a decirlo todo; sin embargo, la sospecha de culpa y superfluidad lleva al intelectual europeo a los refinamientos más extremos de su oficio y sus herramientas, la única forma de evitar caminos demasiado transitados. De ahí el entusiasmo que acogen las novedades, el revuelo cuando un escritor logra dar sustancia a una nueva porción de lo invisible; basta recordar el simbolismo, el surrealismo, el «nouveau roman»: por fin algo verdaderamente nuevo que ni Ronsard, ni Stendahl, ni Proust imaginaron. Por un momento podemos dejar de lado nuestra culpa; incluso los epígonos empiezan a creer que están haciendo algo nuevo. Después, poco a poco, comienzan a sentirse europeos de nuevo y cada escritor sigue cargando con su lastre.
Alrededor del día en ochenta mundos

Julio Cortázar
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