
La inminente guerra se evidenciaba en la mirada perdida de los ancianos del pueblo, en las sombras de sus rostros, no de miedo sino de tristeza. Porque lo sabían; habían vivido la última guerra y recordaban a la generación de jóvenes que habían partido con tanta disposición y nunca regresaron. Aquellos también, como papá, que habían vuelto a casa, pero dejaron en Francia una parte de sí mismos que jamás podrían recuperar. Aquellos que se entregaban, periódicamente, a momentos en que sus ojos se nublaban, sus labios se ponían blancos y sus mentes se dejaban llevar por imágenes y sonidos que no querían compartir, pero que no podían borrar de su mente.
Las horas distantes

Kate Morton
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