
Lo hemos hecho privado, lo hemos confinado a la familia, cuando su audacia reside en su potencial para trascender las fronteras tribales. Lo hemos fetichizado como romance, cuando su verdadera medida es la cualidad de un cuidado práctico y constante. Lo hemos vivido como un sentimiento, cuando es una forma de ser. Es la experiencia elemental que todos deseamos y buscamos, la mayor parte del tiempo, para dar y recibir. Ese pequeño fragmento del potencial del amor que los griegos separaron como eros es donde depositamos gran parte de nuestro deseo, donde centramos gran parte de nuestra imaginación en el deleite y la desesperación, donde definimos gran parte de nuestra sensación de plenitud. Existe el amor que los griegos llamaban filia: el amor de la amistad. Existe el amor que llamaban ágape: el amor como compasión encarnada, expresiones de bondad que se pueden brindar a un vecino o a un desconocido. El Metta de la raíz budista en pali, «bondad amorosa», conlleva el matiz de un interés benevolente y activo por los demás, conocidos y desconocidos, y su cultivo comienza con la compasión hacia uno mismo.
Cómo alcanzar la sabiduría: Una indagación sobre el misterio y el arte de vivir.

Krista Tippett
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