
El cargo que ocupaba Toporóff, que implicaba una incongruencia de propósito, solo podía ser desempeñado por un hombre insensible y carente de sensibilidad moral. Toporóff poseía ambas cualidades negativas. La incongruencia de su cargo radicaba en lo siguiente: era su deber mantener y defender, mediante medidas externas, incluyendo la violencia, aquella Iglesia que, según su propia declaración, había sido establecida por Dios mismo y no podía ser conmovida ni por las puertas del infierno ni por nada humano. Esta institución divina e inmutable, establecida por Dios, debía ser sostenida y defendida por una institución humana: el Santo Sínodo, dirigido por Toporóff y sus funcionarios. Toporóff no percibía esta contradicción, ni deseaba percibirla, y por lo tanto le preocupaba enormemente que algún sacerdote católico, algún pastor o algún sectario destruyera aquella Iglesia que ni las puertas del infierno podían vencer.
Resurrección

León Tolstói
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