
Trabajar en una máquina de escribir al tacto, como andar en bicicleta o pasear por un sendero, se hace mejor sin pensarlo demasiado. Si lo haces, tus dedos torpes pulsarán teclas equivocadas. Para realizar tareas que requieren práctica, necesitas relajar los sistemas musculares y nerviosos responsables de cada movimiento, dejarlos actuar por su cuenta y no intervenir. Esto no supone una pérdida real de control, ya que tú decides si hacer la cosa o no, e intervienes y perfeccionas la técnica cuando quieras; si quieres andar en bicicleta hacia atrás o caminar con un paso excéntrico, dando un pequeño salto cada cuatro pasos y silbando al mismo tiempo, puedes hacerlo. Pero si concentras tu atención en los detalles, manteniendo el contacto con cada músculo, lanzándote a una caída libre con cada paso y deteniéndote en el último momento extendiendo el otro pie para amortiguar la caída, acabarás inmovilizado, vibrando de fatiga. Es una bendición tener opciones para elegir y modificar el aprendizaje de actos tan inconscientemente coordinados. Si naciéramos con todas estas habilidades innatas, automatizadas como hormigas, sin duda echaríamos de menos la variedad. Sería un mundo menos interesante si todos camináramos y saltáramos igual, y nunca nos cayéramos de la bicicleta. Si todos estuviéramos genéticamente programados para tocar el piano con destreza desde el nacimiento, quizás nunca aprenderíamos a comprender la música.
La vida de una célula: Notas de un observador de la biología

Lewis Thomas
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras