
No, pensé, cada vez más rebelde, la vida tiene sus propias leyes y me corresponde a mí defenderme de lo que venga, sin tener que ir a lloriquearle a Dios sobre el pecado, el mío o el de los demás. ¿De qué le serviría a un hombre, si se encontrara en apuros, llamar miserables pecadores a quienes lo metieron en esa situación? ¿O a sí mismo un miserable pecador? Me disgustaba el aspecto igualador de esta condición de pecador; era como un partido de críquet bajo la llovizna, donde todos tenían una excusa —¡y qué excusa tan tonta!— para jugar mal. La vida está hecha para poner a prueba al hombre, para sacar a relucir su valentía, iniciativa e ingenio; y yo anhelaba, pensé, ser puesto a prueba: no quería caer de rodillas y llamarme miserable pecador. Pero la idea de la bondad sí me atraía, pues no la consideraba lo opuesto al pecado. La veía como algo brillante, positivo y reconfortante, como el sol, algo digno de admiración, pero desde la distancia.
El intermediario

LP Hartley
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