
El feliz descubrimiento del novelista fue pensar en sustituir esas secciones opacas, impenetrables para el espíritu humano, por su equivalente en secciones inmateriales, cosas, es decir, que el espíritu puede asimilar a sí mismo. Después de lo cual no importa que las acciones, los sentimientos de este nuevo orden de criaturas se nos presenten bajo la apariencia de verdad, puesto que los hemos hecho nuestros, puesto que es en nosotros mismos donde suceden, donde nos mantienen cautivos, mientras pasamos febrilmente las páginas del libro, con la respiración agitada y los ojos fijos. Y una vez que el novelista nos ha llevado a ese estado, en el que, como en todos los estados puramente mentales, cada emoción se multiplica por diez, en el que su libro viene a perturbarnos como un sueño, pero un sueño más lúcido y de impresión más duradera que los que nos sobrevienen al dormir; ¿Por qué, entonces, durante el lapso de una hora, libera en nuestro interior todas las alegrías y tristezas del mundo, algunas de las cuales, solo algunas, tendríamos que dedicar años de nuestra vida real a conocer, y las más agudas, las más intensas, jamás nos habrían sido reveladas porque el lento curso de su desarrollo impide que las percibamos?
El camino de Swann

Marcel Proust
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