
Es posible que la razón por la que nunca he experimentado una presencia fantasmal sea que mis lóbulos temporales no están preparados para ello. Bien podría ser que la principal diferencia entre escépticos (con la excepción de Susan Blackmore) y creyentes sea la estructura neuronal con la que nacieron. Pero la pregunta sigue en pie: ¿Acaso estas personas, cuyos cerebros influenciados por los campos electromagnéticos les alertan sobre «presencias», perciben algo real que el resto de nosotros no podemos percibir, o están alucinando? Una vez más, debemos concluir con el Gran Encogimiento de Hombros, cuya estatua se está erigiendo en el césped frente a mi oficina.
Fantasma: La ciencia aborda el más allá

María Roach
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