
Al final, a Navidson le queda una página y una cerilla. Durante un largo rato espera en la oscuridad y el frío, postergando ese último destello de luz. Finalmente, agarra la cerilla por el cuello y, tras encontrar la tira de fricción, enciende una última bola de luz. Primero, lee unas líneas a la luz de la cerilla y luego, mientras el calor le quema las yemas de los dedos, aplica la llama a la página. Aquí está, pues, un final: un último acto de lectura, un último acto de consumo. Y mientras el fuego devora rápidamente el papel, los ojos de Navidson recorren frenéticamente el texto, manteniéndose justo por delante de la inevitable inmolación, hasta que, al llegar a las últimas palabras, las llamas lamen sus manos, la ceniza se desprende en el vacío circundante, y entonces, mientras el fuego se retira, atenuándose, su luz repentinamente extinguida, el libro desaparece sin dejar rastro, salvo huellas invisibles ya desmanteladas en la oscuridad.
Casa de las Hojas

Mark Z. Danielewski
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