Martin Heidegger

La metafísica concibe a los seres como seres. Siempre que se plantea la pregunta de qué son los seres, estos se revelan como tales. La representación metafísica debe esta visión a la luz del Ser. La luz misma, es decir, aquello que dicho pensamiento experimenta como luz, no entra dentro del ámbito del pensamiento metafísico, pues la metafísica siempre representa a los seres únicamente como seres. Desde esta perspectiva, el pensamiento metafísico, por supuesto, indaga en el ser que es la fuente y el originador de esta luz. Pero la luz misma se considera suficientemente iluminada en cuanto reconocemos que la atravesamos al contemplar a los seres. De cualquier manera que se interpreten los seres —ya sea como espíritu, según el espiritualismo; o como devenir y vida, o idea, voluntad, sustancia, sujeto o energía; o como la eterna recurrencia de los mismos acontecimientos—, siempre, los seres como seres aparecen a la luz del Ser. Siempre que la metafísica representa a los seres, el Ser ha entrado en la luz. El Ser ha alcanzado un estado de desocultamiento (aletheia). Pero si el Ser mismo implica tal desocultamiento, y cómo, si se manifiesta en la metafísica y como tal, sigue siendo una incógnita. El Ser en su esencia reveladora, es decir, en su verdad, no se recuerda. Sin embargo, cuando la metafísica da respuestas a su pregunta sobre los seres como tales, habla desde el desprendido desvelamiento del Ser. La verdad del Ser puede llamarse, pues, el fundamento en el que se sustenta la metafísica, como raíz del árbol de la filosofía, y del que se nutre. Dado que la metafísica indaga sobre los seres como seres, se ocupa de ellos y no se consagra al Ser como Ser. Como raíz del árbol, envía todo el sustento y toda la fuerza al tronco y a sus ramas. La raíz se ramifica en la tierra para permitir que el árbol crezca y, por lo tanto, la abandone. El árbol de la filosofía crece de la tierra en la que la metafísica está enraizada. El suelo es el elemento en el que vive la raíz del árbol, pero el crecimiento del árbol nunca logra absorberlo de tal manera que se disuelva en él como parte del mismo. En cambio, las raíces, hasta los zarcillos más sutiles, se pierden en el suelo. El suelo es suelo para las raíces, y en el suelo las raíces se olvidan de sí mismas por el bien del árbol… La metafísica, en la medida en que siempre representa a los seres solo como seres, no evoca al Ser mismo. La filosofía no se concentra en su fundamento. Siempre lo abandona, lo abandona mediante la metafísica. Y, sin embargo, nunca escapa de su fundamento… En la medida en que un pensador se propone experimentar el fundamento de la metafísica, en la medida en que intenta evocar la verdad del Ser mismo en lugar de simplemente representar a los seres como seres, su pensamiento, en cierto sentido, ha abandonado la metafísica. Desde el punto de vista de la metafísica, tal pensamiento nos remonta a los fundamentos de la metafísica. —de _El camino de regreso a los fundamentos de la metafísica_
– Martín Heidegger –


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La metafísica concibe a los seres como seres. Siempre que se plantea la pregunta de qué son los seres, estos se revelan como tales. La representación metafísica debe esta visión a la luz del Ser. La luz misma, es decir, aquello que dicho pensamiento experimenta como luz, no entra dentro del ámbito del pensamiento metafísico, pues la metafísica siempre representa a los seres únicamente como seres. Desde esta perspectiva, el pensamiento metafísico, por supuesto, indaga en el ser que es la fuente y el originador de esta luz. Pero la luz misma se considera suficientemente iluminada en cuanto reconocemos que la atravesamos al contemplar a los seres. De cualquier manera que se interpreten los seres —ya sea como espíritu, según el espiritualismo; o como devenir y vida, o idea, voluntad, sustancia, sujeto o energía; o como la eterna recurrencia de los mismos acontecimientos—, siempre, los seres como seres aparecen a la luz del Ser. Siempre que la metafísica representa a los seres, el Ser ha entrado en la luz. El Ser ha alcanzado un estado de desocultamiento (aletheia). Pero si el Ser mismo implica tal desocultamiento, y cómo, si se manifiesta en la metafísica y como tal, sigue siendo una incógnita. El Ser en su esencia reveladora, es decir, en su verdad, no se recuerda. Sin embargo, cuando la metafísica da respuestas a su pregunta sobre los seres como tales, habla desde el desprendido desvelamiento del Ser. La verdad del Ser puede llamarse, pues, el fundamento en el que se sustenta la metafísica, como raíz del árbol de la filosofía, y del que se nutre. Dado que la metafísica indaga sobre los seres como seres, se ocupa de ellos y no se consagra al Ser como Ser. Como raíz del árbol, envía todo el sustento y toda la fuerza al tronco y a sus ramas. La raíz se ramifica en la tierra para permitir que el árbol crezca y, por lo tanto, la abandone. El árbol de la filosofía crece de la tierra en la que la metafísica está enraizada. El suelo es el elemento en el que vive la raíz del árbol, pero el crecimiento del árbol nunca logra absorberlo de tal manera que se disuelva en él como parte del mismo. En cambio, las raíces, hasta los zarcillos más sutiles, se pierden en el suelo. El suelo es suelo para las raíces, y en el suelo las raíces se olvidan de sí mismas por el bien del árbol… La metafísica, en la medida en que siempre representa a los seres solo como seres, no evoca al Ser mismo. La filosofía no se concentra en su fundamento. Siempre lo abandona, lo abandona mediante la metafísica. Y, sin embargo, nunca escapa de su fundamento… En la medida en que un pensador se propone experimentar el fundamento de la metafísica, en la medida en que intenta evocar la verdad del Ser mismo en lugar de simplemente representar a los seres como seres, su pensamiento, en cierto sentido, ha abandonado la metafísica. Desde el punto de vista de la metafísica, tal pensamiento nos remonta a los fundamentos de la metafísica. —de _El camino de regreso a los fundamentos de la metafísica_


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Martín Heidegger


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