
¡Nadie es capaz de comprender la miseria de mi suerte! El destino me obliga a estar en constante movimiento: no se me permite pasar más de quince días en el mismo lugar. No tengo amigo en el mundo, y la inquietud de mi destino jamás me permitirá encontrar uno. Con gusto abandonaría mi miserable vida, pues envidio a quienes disfrutan de la quietud de la tumba: pero la muerte me elude y huye de mi abrazo. En vano me expongo al peligro. Me zambullo en el océano; las olas me arrojan con aborrecimiento a la orilla: me lanzo al fuego; las llamas retroceden ante mi presencia: me enfrento a la furia de los bandidos; sus espadas se desafilan y se rompen contra mi pecho: el tigre hambriento se estremece ante mi presencia, y el caimán huye de un monstruo más horrible que él mismo. Dios ha puesto su sello sobre mí, ¡y todas sus criaturas respetan esta marca fatal!
El monje

Mateo Lewis
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