
El hombre está encerrado, como en una concha, en la jerarquía particular de los valores y cualidades más simples que representan el lado objetivo de su *ordo amoris*, valores que aún no se han transformado en cosas y bienes. Lleva consigo esta concha a dondequiera que vaya y no puede escapar de ella por mucho que corra. Percibe el mundo y a sí mismo a través de las ventanas de esta concha, y no percibe nada más del mundo, de sí mismo ni de nada más que lo que estas ventanas le muestran, de acuerdo con su posición, tamaño y color. La estructura y el contenido total del entorno de cada hombre, que en última instancia se organiza según su estructura de valores, no vagan ni cambian, aunque él mismo vague cada vez más lejos en el espacio. Simplemente se llena de nuevo con ciertas cosas individuales. Sin embargo, incluso este cumplimiento debe obedecer la ley de formación prescrita por la estructura de valores del medio. Los bienes que encuentra en el camino de la vida de un hombre, las cosas prácticas, las resistencias a querer y actuar contra las que opone su voluntad, son desde el principio siempre inspeccionados y «observados», por así decirlo, por el particular mecanismo selectivo de su *ordo amoris*. Dondequiera que llegue, no son los mismos hombres ni las mismas cosas, sino los mismos tipos de hombres y cosas (y estos son en cada caso *tipos* de valores), los que lo atraen o lo repelen de acuerdo con ciertas reglas constantes de preferencia y rechazo. Lo que realmente percibe, lo que observa o deja pasar desapercibido, está determinado por esta atracción y esta repulsión; estas ya determinan el material de la *posible* percepción y observación. Además, la atracción y la repulsión se sienten como provenientes de las cosas, no del yo, a diferencia del caso de la llamada atención activa, y están a su vez gobernadas y circunscritas por actitudes potencialmente efectivas de interés y amor, experimentadas como disposición a ser afectado. —de *Ordo Amoris*

Max Scheler
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