
De igual modo, los surrealistas consideran las palabras como testigos de la vida que interviene directamente en los asuntos humanos. Para usarlas correctamente, era necesario tratarlas con respeto, pues eran intermediarias entre uno mismo y el resto de la creación. Abusar de ellas implicaba alejarse inmediatamente del verdadero ser. Hay que persuadir a las palabras para que revelen un poco de su verdadera naturaleza, para así cerrar la brecha que existe entre el escritor y el universo. El mundo no es algo ajeno contra lo que el hombre esté en conflicto. Más bien, el hombre y el cosmos existen en constante movimiento recíproco. No estamos a la deriva en un entorno ajeno o sin sentido. El universo es íntimo con nosotros y, como insistió Breton, es un criptograma por descifrar.
Dedalus, Libro del Surrealismo 2: El Mito del Mundo

Michael Richardson
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