
Todo esto estaba muy bien: el éxito de Columbano indicaba el atractivo de su misión. Pero sus actividades, por primera vez, llamaron la atención de las autoridades eclesiásticas sobre la naturaleza del monacato celta, en general sobre los obispos occidentales y, en particular, sobre el obispo de Roma. Los monjes irlandeses no eran heréticos, pero sí claramente heterodoxos. Para empezar, su aspecto no era el adecuado. Llevaban la tonsura equivocada. En Roma, como era natural, se practicaba la tonsura de San Pedro, es decir, la cabeza rapada. Los orientales llevaban la tonsura de San Pablo, completamente rapados; y si deseaban acceder a un cargo en Occidente, debían esperar a que les creciera el pelo antes de ser investidos. Pero los celtas no se parecían a nada en la tierra: llevaban el pelo largo en la nuca y, en la parte delantera rapada, un semicírculo de pelo que iba de oreja a oreja, dejando una franja en la frente.
Historia del cristianismo

Pablo Johnson
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