
Para los modernos —para nosotros— hay algo ilícito, al parecer, en el tiempo perdido, las horas vacías de contemplación cuando un pensamiento se despliega, las figuras retóricas brotan y florecen, la articulación flota como pétalos marchitos sobre la mesa oscura alrededor de la cual todos nos reuníamos una vez para hablar y hablar, dejando que el tiempo nos venciera. _Simplemente tomándonos nuestro tiempo_, como decimos. Es decir, dejando que el tiempo nos venza. «¿Puede decirme?», le pregunté una vez a una monja de clausura de sesenta años que había vivido (vibrantemente, al parecer) desde los diecinueve años en su celda del monasterio, «¿cuál es el núcleo de la vida contemplativa?» «El ocio», dijo, sin dudarlo, sus ojos azul porcelana alegremente fijos en mí. Supongo que esperaba que dijera: «La oración». O tal vez «La búsqueda de Dios». O «La paz interior». La paz interior habría estado bien. Uno de los aspectos más importantes de la espiritualidad. Ella vio lo que yo no vi. «Esto lleva tiempo», dijo finalmente. Su «esto» se refería al tipo de trabajo que requiere renunciar al propósito industrial del tiempo (hacer cosas, conseguir cosas). Al elegir el ocio, se despidió de la frenética actividad de obtener y gastar, mediante la cual, como dijo el poeta, malgastamos nuestras energías.
Arabesco azul: Una búsqueda de lo sublime

Patricia Hampl
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