
Era decididamente atractiva, lo vio, pero de una manera malhumorada y descortés. Gracias a su relación con Fitzgerald, Carstairs & Scott, Johnnie conocía a la perfección la apariencia y el comportamiento de una gran variedad de mujeres atractivas: llegaban a la oficina en grupos, con las uñas manchadas de sangre y la cara cubierta de un pálido color cacao. Algunas eran encantadoras y sencillas bajo esa máscara, otras complejas y arrogantes. Esta chica pertenecía a este último tipo, de las que lo ignoraban o lo miraban con desdén si les hablaba, hasta que se enteraban de que el dinero venía a través de él, momento en el que su actitud se suavizaba enormemente. Esta chica no lucía su atractivo como debería, con naturalidad y consciencia, como una corona de placer, sino más bien como un arma letal con la que podía herir indiscriminadamente a diestra y siniestra, y que solo empleaba para complacer cuando le convenía. Eran como prostitutas malhumoradas, pero sin caminar por la calle.
Plaza de la resaca

Patrick Hamilton
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