
Los dos amigos siguieron y siguieron hacia la sierra, a veces manteniéndose en la carretera, a veces desviándose de ella. Cada vez que pasaban por un pueblo o una aldea, el lento tañido de las campanas que anunciaban la muerte le decía a nuestro héroe que el Ángel de la Muerte no estaba perdiendo el tiempo; que su brazo alcanzaba todas las partes del mundo, y que, aunque Gil lo sentía ahora pesar sobre su pecho como una montaña de hielo, no por ello dejaba de esparcir ruina y desolación por toda la superficie de la tierra. Mientras caminaban, el Ángel de la Muerte relató muchas cosas extrañas y maravillosas a su protegido. Enemigo de la historia, se complacía en burlarse de su supuesta utilidad, para refutarla narró muchos hechos tal como habían ocurrido realmente, y no como están registrados en monumentos y crónicas. Los abismos del pasado se abrieron ante la imaginación extasiada de Gil Gil, revelándole hechos de importancia trascendental sobre el destino del hombre y de los imperios, desvelándole el gran misterio del origen de la vida y el no menos grande y terrible misterio del fin hacia el que nosotros, erróneamente llamados mortales, estamos progresando, y haciéndole, finalmente, comprender, a la luz de esta sublime filosofía, las leyes que rigen la evolución de la materia cósmica y sus diversas manifestaciones en esas formas efímeras y transitorias que Se les llama minerales, plantas, animales, estrellas, constelaciones, nebulosas y mundos. («El amigo de la muerte»)
Fantasmales a la luz del gas

Pedro Antonio de Alarcón
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