
«Tenemos un largo camino por recorrer», dijo el Ángel de la Muerte a nuestro amigo Gil, tan pronto como salieron de la villa. «Ordenaré mi carroza». Y golpeó el suelo con el pie. Un sordo estruendo, como el que precede a un terremoto, resonó bajo tierra. Al instante, una nube de vapor color ceniza se elevó alrededor de los dos amigos, en medio de la cual apareció una especie de carroza de marfil, parecida a las que vemos en los bajorrelieves de la antigüedad. Una breve mirada habría bastado (no ocultaremos este hecho a nuestros lectores) para mostrar que la carroza no estaba hecha de marfil, sino simple y llanamente de huesos humanos pulidos y unidos con exquisita habilidad, pero conservando aún su forma natural. El Ángel de la Muerte le tendió la mano a Gil y subieron a la carroza, que se elevó en el aire como los globos aerostáticos de hoy en día, pero con la diferencia de que era impulsada por la voluntad de sus ocupantes. («El amigo de la muerte»)
Fantasmales a la luz del gas

Pedro Antonio de Alarcón
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras