
Cuando terminaron sus oraciones, el Ángel de la Muerte recuperó su locuacidad y su alegría y, ascendiendo de nuevo al carro, precedido por Gil Gil, habló así: «La aldea que veis en esa montaña es Getsemaní. En ella estaba el Jardín de los Olivos. Al otro lado podéis distinguir una elevación coronada por un templo que se alza contra un cielo estrellado: ese es el Gólgota. Allí viví el día más importante de mi existencia. Creí haber vencido al mismo Dios, y así fue durante algunas horas. Pero, ¡ay!, en esa misma montaña, tres días después, me vi desarmado y mi poder reducido a la nada en la mañana de un domingo. Jesús había resucitado de entre los muertos. Allí también tuvo lugar, en esa misma ocasión, mi gran combate solitario con la Naturaleza». Allí tuvo lugar mi duelo con ella, aquel terrible duelo (a la tercera hora del día, lo recuerdo bien), cuando, en cuanto me vio clavar la lanza de Longino en el pecho del Salvador, empezó a arrojarme piedras, a remover los cementerios, a resucitar a los muertos, y no sé qué más. Pensé que la pobre Naturaleza había perdido el juicio. El Ángel de la Muerte pareció reflexionar un instante… («El amigo de la muerte»).
Fantasmales a la luz del gas

Pedro Antonio de Alarcón
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