
Recientemente pregunté a más de setenta investigadores eminentes si habrían realizado su trabajo de manera diferente si hubieran creído que la teoría de Darwin era errónea. Las respuestas fueron unánimes: no. También examiné los descubrimientos biológicos más destacados del siglo pasado: el descubrimiento de la doble hélice; la caracterización del ribosoma; la secuenciación de genomas; la investigación sobre medicamentos y reacciones adversas; las mejoras en la producción de alimentos y el saneamiento; el desarrollo de nuevas cirugías; y otros. Incluso consulté a biólogos que trabajan en áreas donde cabría esperar que el paradigma darwiniano hubiera beneficiado más la investigación, como la aparición de resistencia a antibióticos y pesticidas. Aquí, como en otros casos, descubrí que la teoría de Darwin no había proporcionado una guía clara, sino que se había introducido, tras los avances, como un interesante adorno narrativo.
¿Por qué invocamos a Darwin? La teoría evolutiva aporta poco a la biología experimental.

Philip S. Skell
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