
De vuelta en casa, mi parte favorita de la Misa era la comunión, cuando me paraba junto al altar y sostenía una pequeña bandeja dorada bajo la barbilla de la gente. Las chicas guapas hacían fila para comulgar (Me confieso ante Dios Todopoderoso). Se arrodillaban (y a vosotros, hermanos míos), bajaban la mirada con modestia (He pecado por mi culpa) y sacaban la lengua (En mis pensamientos y en mis palabras). Sus lenguas brillaban, reflejadas en la bandeja dorada, y como la hostia estaba seca, las chicas tal vez se lamían los labios (Y pido a la Santísima Virgen María, a todos los ángeles y santos, y a vosotros, hermanos míos) antes de tragar (que intercedáis por mí ante el Señor nuestro Dios). Hacía todo lo posible por no desmayarme.
El amor es una cinta mixta

Rob Sheffield
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