
En mi vida adulta, a veces me elogiaron y otras veces se burlaron de mí por mi manera de señalar los elementos míticos que, a mi parecer, subyacen a nuestras vidas aparentemente ordinarias. Ciertamente, esa forma de pensar tuvo parte de su origen en nuestra cantera, que tenía mucho del carácter de un infierno protestante. Probablemente fui el oyente más cautivado de un sermón que el reverendo Andrew Bowyer predicó sobre Gehena, el odioso valle fuera de las murallas de Jerusalén, donde vivían los marginados, y donde sus fuegos titilantes, vistos desde las murallas de la ciudad, pudieron haber dado origen a la idea de un infierno de fuego perpetuo. Le gustaba asustar a sus oyentes de vez en cuando, y dijo que nuestra cantera era muy parecida a Gehena. Mis mayores lo consideraban descabellado, pero yo no veía entonces razón alguna para que el infierno no tuviera, por así decirlo, ramificaciones visibles por toda la tierra, y desde entonces he visitado bastantes de ellas.
Quinto negocio

Robertson Davies
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