
Por supuesto, no es ningún secreto para los filósofos y psicólogos contemporáneos que el ser humano está cambiando en nuestro violento siglo, bajo la influencia, claro está, no solo de la guerra y la revolución, sino también de prácticamente todo lo demás que se autodenomina «moderno» y «progresista». Ya hemos citado las formas más llamativas del vitalismo nihilista, cuyo efecto acumulativo ha sido desarraigar, desintegrar y «movilizar» al individuo, sustituir su estabilidad y arraigo normales por una búsqueda insensata de poder y movimiento, y reemplazar el sentimiento humano normal por una excitabilidad nerviosa. La labor del realismo nihilista, tanto en la práctica como en la teoría, ha sido paralela y complementaria a la del vitalismo: una labor de estandarización, especialización, simplificación, mecanización y deshumanización; su efecto ha sido «reducir» al individuo al nivel más «primitivo» y básico, convertirlo de hecho en esclavo de su entorno, el obrero perfecto en la «fábrica» mundial de Lenin.
El nihilismo: la raíz de la revolución de la era moderna.

Seraphim Rose
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