
Incluso en aquel entonces, la esperanza de dejar mensajes en botellas sobre la ola de barbarie que asolaba Europa era una ilusión vana: las cartas desesperadas, atascadas en el fango del espíritu de renovación, eran transformadas por un grupo de nobles seres humanos y otros indeseables en adornos murales sumamente artísticos pero de bajo costo. Solo desde entonces el progreso en las comunicaciones ha alcanzado su máximo esplendor. ¿Quién, al fin y al cabo, se opondrá a que incluso los espíritus más libres ya no escriban para una posteridad imaginaria, más confiada, si cabe, que sus contemporáneos, sino solo para el Dios muerto?
Minima Moralia: Reflexiones desde una vida dañada

Theodor W. Adorno
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