
Así que confían en la deidad del Antiguo Testamento, un viejo incontinente que se manchó a sí mismo y al universo con su corrupción, una divinidad de bajo presupuesto que se hace pasar por la auténtica. (Pregúntenles a los gnósticos). Confían en Jesucristo, una figura histórica ensamblada como el monstruo de Frankenstein con partes robadas de las tumbas de mesías muertos y enterrados: un salvador en un palo. Confían en el proxeneta de vírgenes Alá y su maestro de ceremonias Mahoma, un profeta tardío que fue pionero en un nuevo género de engaño para un mercado emergente de creyentes que no estaba siendo atendido adecuadamente por los productos religiosos existentes. Confían en cualquier cosa que autentifique su importancia como personas, tribus, sociedades y, en particular, como una especie que perdurará en este mundo y quizás en un más allá que puede ser incierto en su realidad y poco claro en su estructura, pero que expresa su anhelo de valores «de otro mundo»: ese lugar deprimente y sin sentido que su conciencia debe esquivar cada día.
La conspiración contra la raza humana

Thomas Ligotti
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