Wendell Berry

En una sociedad donde casi todos están dominados por la mente de otro o por una mente incorpórea, resulta cada vez más difícil conocer la verdad sobre las actividades de los gobiernos y las corporaciones, sobre la calidad o el valor de los productos, o sobre la salud de la propia comunidad y economía. En una sociedad así, además, nuestras economías privadas dependerán cada vez menos de la propiedad privada de bienes reales y utilizables, y cada vez más de bienes institucionales y abstractos, más allá del control individual, como el dinero, las pólizas de seguro, los certificados de depósito, las acciones y los bonos. Y a medida que nuestras economías privadas se vuelven más abstractas, la ayuda mutua y gratuita y los placeres de la vida familiar y comunitaria serán suplantados por una especie de ciudadanía desplazada o sin lugar y por el comercio con proveedores impersonales y egoístas. Así, aunque no seamos esclavos de nombre, y no podamos ser llevados al mercado y vendidos como propiedad legal de otro, nuestra libertad se limita a estrechos límites. A pesar de todo lo que hablamos sobre la liberación y la autonomía personal, son pocas las decisiones que podemos tomar libremente. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, que la mayoría de nuestra gente decidiera trabajar por cuenta propia? El gran enemigo de la libertad es la vinculación del poder político con la riqueza. Esta vinculación destruye el bien común —es decir, la riqueza natural de las localidades y las economías locales de los hogares, los barrios y las comunidades— y, por ende, destruye la democracia, de la cual el bien común es el fundamento y el medio práctico.
– Wendell Berry –


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En una sociedad donde casi todos están dominados por la mente de otro o por una mente incorpórea, resulta cada vez más difícil conocer la verdad sobre las actividades de los gobiernos y las corporaciones, sobre la calidad o el valor de los productos, o sobre la salud de la propia comunidad y economía. En una sociedad así, además, nuestras economías privadas dependerán cada vez menos de la propiedad privada de bienes reales y utilizables, y cada vez más de bienes institucionales y abstractos, más allá del control individual, como el dinero, las pólizas de seguro, los certificados de depósito, las acciones y los bonos. Y a medida que nuestras economías privadas se vuelven más abstractas, la ayuda mutua y gratuita y los placeres de la vida familiar y comunitaria serán suplantados por una especie de ciudadanía desplazada o sin lugar y por el comercio con proveedores impersonales y egoístas. Así, aunque no seamos esclavos de nombre, y no podamos ser llevados al mercado y vendidos como propiedad legal de otro, nuestra libertad se limita a estrechos límites. A pesar de todo lo que hablamos sobre la liberación y la autonomía personal, son pocas las decisiones que podemos tomar libremente. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, que la mayoría de nuestra gente decidiera trabajar por cuenta propia? El gran enemigo de la libertad es la vinculación del poder político con la riqueza. Esta vinculación destruye el bien común —es decir, la riqueza natural de las localidades y las economías locales de los hogares, los barrios y las comunidades— y, por ende, destruye la democracia, de la cual el bien común es el fundamento y el medio práctico.

El arte de lo cotidiano: Ensayos agrarios


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Wendell Berry


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