
En aquellos primeros días había una energía muy particular, algo que solo he encontrado en las startups. Los empleados de siempre, los aburridos de nueve a cinco, aún no habían llegado. A tu alrededor había gente que vibraba con adrenalina, gente que se burlaba de términos como política y código de vestimenta, y que llenaba la oficina por las noches con pizza, chistes malos y el incesante tecleo. Rompen barreras, convierten pequeñas ideas en innovaciones revolucionarias y pequeñas discusiones en peleas a puñetazos. Ninguna empresa puede durar para siempre así: es un poco como estar en una jaula. Al final, los raros se marchan y dan paso al orden, la conformidad y todo lo que hace que una máquina funcione a la perfección. Pero ese breve caos es lo que realmente le da alma a una empresa.
Casta numérica

Yudhanjaya Wijeratne
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