
Bien. Me veo bien. Excepto que no —dijo Zora, tirando con tristeza del camisón de su hombre—. Por eso Kiki temía tener hijas: sabía que no podría protegerlas del asco que sentían por sí mismas. Con ese fin, había intentado prohibir la televisión en los primeros años, y, que Kiki supiera, ni un lápiz labial ni una revista femenina habían cruzado jamás el umbral de la casa de los Belsey, pero estas y otras medidas de precaución no habían surtido efecto. Estaba en el aire, o al menos así le parecía a Kiki, ese odio hacia las mujeres y sus cuerpos; se colaba con cada corriente de aire en la casa; la gente lo traía a casa en los zapatos, lo respiraban a través de los periódicos. No había manera de controlarlo.
Sobre la belleza

Zadie Smith
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