
En definitiva, este volumen debe leerse como una colección de historias de amor. Ante todo, son relatos de amor, no del amor con el que tantas historias terminan —el amor de la fidelidad, la bondad y la fertilidad—, sino de la otra cara del amor: su crueldad, esterilidad y duplicidad. En cierto modo, los decadentistas sí aceptaron la idea de Nordau del artista como monstruo. Pero en la naturaleza, la gloria y panacea del romanticismo, no encontraron nada. La suya es una estética que repudia lo natural y, con ello, el cuerpo. El cuerpo verdaderamente bello está muerto, porque está vacío. La obra decadentista es siempre mórbida, pero su atracción por la muerte se manifiesta a través del arte. Lo que rechazaron fue la condena de ese monstruo. Y, sin embargo, a pesar de la celebración decadentista del artificio, estas historias registran el fracaso del arte en la lucha contra el horror natural. La naturaleza contraataca y vence, y la escritura decadentista sigue siendo un testimonio notable de ese fracaso.
El lector decadente: ficción, fantasía y perversión de la Francia de fin de siglo.

Asti Hustvedt
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