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Herman Melville

Quizás tampoco deje de percibirse, con el tiempo, que tras esas formas y usos, por así decirlo, a veces se enmascaraba; utilizándolos incidentalmente para fines más privados que los que legítimamente pretendían. Ese cierto sultanismo de su mente, que de otro modo había permanecido en gran medida latente, se encarnó, a través de esas formas, en una dictadura irresistible. Porque, sea cual sea la superioridad intelectual de un hombre, jamás podrá asumir la supremacía práctica y disponible sobre los demás sin la ayuda de algún tipo de artimañas y artimañas externas, siempre, en sí mismas, más o menos insignificantes y viles. Esto es lo que mantiene para siempre a los verdaderos príncipes del Imperio de Dios alejados de las urnas del mundo; y deja los más altos honores que este aire puede ofrecer a aquellos hombres que se hacen famosos más por su infinita inferioridad ante el selecto y oculto puñado de lo Divino Inerte, que por su indudable superioridad sobre el nivel muerto de la masa. En estas pequeñas cosas se esconde una virtud tan grande cuando las supersticiones políticas extremas las envuelven, que en algunos casos reales incluso han conferido poder a la imbecilidad más absoluta. Pero cuando, como en el caso del zar Nicolás, la corona anillada del imperio geográfico rodea un cerebro imperial, entonces las masas plebeyas se postran humilladas ante la tremenda centralización. Ni el dramaturgo trágico que pretenda retratar la indomabilidad mortal en toda su amplitud y ímpetu olvidará jamás un detalle, tan importante en su arte, como el que ahora se menciona.
– Herman Melville –

Virgil Kalyana Mittata Iordache

Desde el nacimiento hasta la muerte y más allá, al nacer y ser introducidos a este mundo, tuvimos un don difícil de expresar con palabras. Y en algún punto de nuestro continuo camino, como que perdió su sentido y se desvió. Hubo un tiempo que seguramente recordamos, cuando todo era ahora y para siempre. Niños sin preocupaciones ni remordimientos, el único objetivo era hacer algunos amigos. Pero luego todo cambió, por mentes que lo tenían todo arreglado para estresar a la gente, para crear su propio desastre. Hemos sido esclavizados por nuestra propia mente, convertidos en algo fuera de nuestra especie, lentamente desvanecidos del tiempo presente, obligados a creer en mentiras, en peleas y crímenes. Lo convirtieron claramente en una lucha del ego, una guerra interminable que no terminará. Lo convirtieron en un juego competitivo, para buscar fama materialista egoísta. Nos pusieron uno contra el otro, hombre contra hombre, hermano contra hermano, dividiéndonos por religión y color de piel, haciéndonos luchar a muerte por un dólar. Haciéndonos perdernos en pensamientos tristes, desperdiciando nuestros días viviendo en el pasado. Deprimidos y Atormentados por los recuerdos, y aún esperando volar en nuestros sueños. Algunos de nosotros intentamos aprender a bailar, paso a paso, dándole a nuestra alma una nueva oportunidad. Algunos de nosotros dejamos que nuestro ego se desvaneciera en sonidos, siendo conscientes de nuestro rebote natural. Algunos intentaron expresar en sus rimas, la voz de una generación que nunca muere. Alcanzaron la eternidad a través de la poesía, dejando las enseñanzas que cumplirán la profecía. Otros han encontrado su camino a través de la espiritualidad, tomando conciencia de la dualidad humana, buscando la iluminación espiritual, de escapar de una lucha orientada al ego. La ciencia, la filosofía, la religión, intentan explicar el origen humano. Tal vez los cambios aún estén por venir, y será mejor para algunos. La muerte para el espíritu no es un final, sino un alivio de la encarnación. Así que creo que además, comprenderemos el poder de nuestra alma, pero dejando atrás todo lo que sabemos, y todo lo que aún podríamos no saber, todo se resume a esa cierta verdad, que todos buscamos concluir una vez.
– Virgil Kalyana Mittata Iordache –