
Les enseñamos a nuestros hijos una sola cosa, como nos enseñaron a nosotros: a despertar. Les enseñamos a estar presentes, a participar, con palabras y acciones, en la vida de la cultura humana en la corteza de este planeta. De adultos, casi todos somos expertos en despertar. Hemos dominado la transición que hacemos cientos de veces al día, como delfines sin voluntad propia, sumergiéndonos y emergiendo, adormeciéndonos y volviendo a emerger. Vivimos la mitad de nuestra vida despiertos y toda nuestra vida dormida en aguas privadas, inútiles e insensibles que jamás mencionamos ni recordamos. Inútiles, digo. Sin valor, añadiría, hasta que alguien saca su riqueza a la superficie y la introduce en la ciudad despierta, en una forma que la gente pueda utilizar.
Enseñar a hablar a una piedra: expediciones y encuentros

Annie Dillard
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