
El secreto de la visión es, pues, la perla de gran valor. Si creyera que él podría enseñarme a encontrarla y conservarla para siempre, me tambalearía descalzo por cien desiertos tras cualquier loco. Pero aunque la perla se encuentre, no se la puede buscar. La literatura de la iluminación revela esto sobre todo: aunque llega a quienes la esperan, siempre es, incluso para los más experimentados y expertos, un don y una sorpresa total. Regreso de un paseo sabiendo dónde anida el chorlito en el campo junto al arroyo y la hora en que florece el laurel. Regreso del mismo paseo un día después apenas recordando mi propio nombre. Letanías zumban en mis oídos; mi lengua aletea en mi boca. ¡Ailinon, aleluya!
Peregrino en Tinker Creek

Annie Dillard
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