
El liberalismo del siglo XIX partía de la premisa de que el hombre era un ser racional que actuaba naturalmente en función de sus propios intereses, de modo que, al final, prevalecería la razón. Basándose en este principio, los liberales defendieron la ampliación del sufragio hacia el objetivo de un hombre, un voto. Pero el aumento de la alfabetización y del derecho al voto, como demostró el acontecimiento, no contribuyó en absoluto a incrementar el sentido común en la política. La multitud que se moviliza ondeando la camisa ensangrentada, que decide las elecciones en respuesta a eslóganes —Plata libre, ¡Ahorquen al káiser!, ¡Dos coches en cada garaje!— no demuestra mayor sensatez política que María Antonieta, que dijo: «Que coman pastel», o Calígula, que nombró a su caballo cónsul. El hombre común no demostró ser más sabio que el aristócrata decadente. No ha mostrado en los asuntos públicos la sabiduría innata que la democracia presumía que poseía.
Practicando la historia: Ensayos seleccionados

Bárbara W. Tuchman
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