
El anarquista se diferencia del anarquista en que posee un marcado sentido de las reglas. En la medida en que las respeta, se siente exento de pensar. Esto es coherente con el comportamiento normal: todo aquel que sube a un tren atraviesa puentes y túneles diseñados por ingenieros y construidos por cientos de miles de personas. Esto no afecta el ánimo del pasajero; cómodamente instalado, se sumerge en su periódico, desayuna o reflexiona sobre sus asuntos. Del mismo modo, el anarquista —con la diferencia de que siempre es consciente de esta relación, sin perder jamás de vista su tema principal: la libertad, esa que también se extiende más allá, más allá de colinas y valles— puede escapar en cualquier momento, no solo del tren, sino también de cualquier exigencia del Estado, la sociedad o la Iglesia, e incluso de la existencia misma.
Eumeswil

Ernst Jünger
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