
Si hemos de creer que realmente está vivo, con todo lo que eso implica, entonces tenemos que creer sin pruebas. Y, por supuesto, esa es la única manera. Si de alguna forma se pudiera probar, no tendríamos más remedio que creer. Perderíamos nuestra libertad de no creer. Y en el preciso instante en que perdiéramos esa libertad, dejaríamos de ser seres humanos. Nuestro amor a Dios nos habría sido impuesto, y el amor forzado, por supuesto, no es amor en absoluto. El amor debe darse libremente. El amor debe vivir en la libertad de no amar; debe correr riesgos. El amor debe estar dispuesto a sufrir, incluso como sufrió Jesús en la cruz, y parte de ese sufrimiento es la duda.
La magnífica derrota

Frederick Buechner
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