Juan Milton

¿De quién sino de él mismo? Ingrato, de mí tenía todo lo que podía tener; yo lo hice justo y recto, suficiente para mantenerse en pie, aunque libre para caer. Así creé todos los Poderes Etéreos y Espíritus, tanto los que se mantuvieron en pie como los que fallaron; libremente se mantuvieron los que se mantuvieron en pie, y cayeron los que cayeron. No libres, ¿qué prueba podrían haber dado de sincera lealtad, fe constante o amor, donde solo aparecía lo que debían hacer, no lo que querían? ¿Qué alabanza podrían recibir? ¿Qué placer pagué por tal obediencia, cuando la Voluntad y la Razón (la razón también es elección), inútiles y vanas, despojadas de libertad, pasivas, habían servido a la necesidad, no a mí? Por lo tanto, como por derecho les pertenecía, así fueron creados, ni pueden acusar justamente a su creador, ni a su creación, ni a su destino; como si la predestinación anulara su voluntad, dispuesta por decreto absoluto o alta presciencia; ellos mismos decretaron su propia rebelión, no yo; si yo lo supiera de antemano, la presciencia no tuvo influencia en su falta, que no menos demostró ser cierta e imprevista. Así, sin el menor impulso o sombra del destino, ni nada inmutable previsto por mí, transgreden, autores de sí mismos en todo, tanto en lo que juzgan como en lo que eligen; porque así los formé libres, y libres deben permanecer, hasta que se esclavicen a sí mismos: de lo contrario, tendría que cambiar su naturaleza y revocar el alto decreto inmutable, eterno, que ordenó su libertad: ellos mismos ordenaron su caída.
– Juan Milton –


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¿De quién sino de él mismo? Ingrato, de mí tenía todo lo que podía tener; yo lo hice justo y recto, suficiente para mantenerse en pie, aunque libre para caer. Así creé todos los Poderes Etéreos y Espíritus, tanto los que se mantuvieron en pie como los que fallaron; libremente se mantuvieron los que se mantuvieron en pie, y cayeron los que cayeron. No libres, ¿qué prueba podrían haber dado de sincera lealtad, fe constante o amor, donde solo aparecía lo que debían hacer, no lo que querían? ¿Qué alabanza podrían recibir? ¿Qué placer pagué por tal obediencia, cuando la Voluntad y la Razón (la razón también es elección), inútiles y vanas, despojadas de libertad, pasivas, habían servido a la necesidad, no a mí? Por lo tanto, como por derecho les pertenecía, así fueron creados, ni pueden acusar justamente a su creador, ni a su creación, ni a su destino; como si la predestinación anulara su voluntad, dispuesta por decreto absoluto o alta presciencia; ellos mismos decretaron su propia rebelión, no yo; si yo lo supiera de antemano, la presciencia no tuvo influencia en su falta, que no menos demostró ser cierta e imprevista. Así, sin el menor impulso o sombra del destino, ni nada inmutable previsto por mí, transgreden, autores de sí mismos en todo, tanto en lo que juzgan como en lo que eligen; porque así los formé libres, y libres deben permanecer, hasta que se esclavicen a sí mismos: de lo contrario, tendría que cambiar su naturaleza y revocar el alto decreto inmutable, eterno, que ordenó su libertad: ellos mismos ordenaron su caída.

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Juan Milton


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